La misoginia negra y el cambio climático

Esta es la cuarta y última parte de la serie Desastres artificiales, un conjunto de artículos que examinan y revelan la relación entre el colapso climático del planeta y la supremacía blanca, las raíces de las calamidades medioambientales en los hábitos de consumo de las personas más privilegiadas, la industria del turismo de desastres y las repercusiones que estos tienen en la población más desfavorecida.

A medida que los desastres ecosociales provocados por el cambio climático y la planificación discriminatoria se suceden a un ritmo imparable, con un impacto mayor en nuestras compañeras más marginalizadas, las instituciones a cargo de prestar ayuda a quienes la necesitan aún siguen ignorando el hecho de que las múltiples opresiones contribuyen a que las personas más vulnerables, especialmente las mujeres negras, sean las que menos atención reciben. Si bien los principales organismos en el campo de ayuda frente a los desastres suelen seguir un guion apolítico en sus cometidos, algunos grupos aportan datos y hacen un seguimiento del impacto tan desproporcionado que tienen los desastres ecosociales en las mujeres. Muy pocos de ellos mencionan la raza. Y ninguno, al menos que yo haya podido encontrar, se centra en las dificultades y necesidades particulares de las mujeres negras durante estas situaciones.

Ignorar las dinámicas de poder de la opresión institucionalizada que mantienen a las personas en la base de la pirámide y les niegan el acceso a sus necesidades básicas es violencia, y hacerlo durante una crisis medioambiental es un tipo de masacre. Cuando la doctora Moya Bailey, académica feminista negra y queer, acuñó hace unos años el término “misoginia negra” (mysogynoir en inglés, una combinación de misoginia y noir, negro), lo hizo en el contexto de las representaciones de las mujeres negras en la cultura pop estadounidense, pero el término se ha expandido para abarcar las múltiples capas de antinegritud y misoginia a las que se enfrentan las mujeres negras en todo el mundo y en todos los contextos. Las mujeres negras conforman la población más afectada por la intersección del cambio climático y el capitalismo de desastre, especialmente en el Sur Global y los “terceros mundos” que existen dentro de nuestro llamado “primer mundo”. A medida que el nivel del mar aumenta y que el abismo de la desigualdad global se expande rápidamente, nosotras, que no somos mujeres negras y que tanto dependemos de ellas para nuestra sociedad, seguimos fallándoles de forma descarada.

He aprendido… A acoger a los enemigos disfrazados de amigos y a los nuevos vecinos que nunca quise.

Podemos ver cómo actúa la misoginia negra en tiempos de crisis ecológica cuando aunamos la realidad de los riesgos desproporcionados de las mujeres durante los desastres y los desafíos medioambientales desproporcionados que sufre la población negra. Es fácil comprender por qué los grupos de ayuda y desarrollo ante catástrofes fracasan a la hora de atender las necesidades de las mujeres negras tras los desastres artificiales, y es que rara vez contemplan la raza y la mayoría de quienes trabajan en este sector son occidentales blancos. Las mujeres y las personas trans están más expuestas a la violencia sexual y de género durante y después de estas catástrofes, pero el tema se trata como una cuestión secundaria, si es que se valora en absoluto. A pesar de que se dispone de cierta información sobre el incremento de la violencia contra las mujeres durante los conflictos y los desastres en los países de ingresos altos, no existe dicha investigación en los países en vías en desarrollo, que suelen sufrir pérdidas mayores debido al cambio climático. La Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja (IFRC) afirma que “quienes responden a los desastres no son conscientes de que la violencia de género puede aumentar con los desastres y no la contemplan ni se preparan para ello”. La falta de información sobre la prevalencia de la violencia de género durante los desastres contribuye a esta falta de concienciación. Por mucho que los liberales y conservadores se quejen de que personas como Bailey inventen nuevos términos, lo cierto es que el hecho de nombrar estas violencias silenciadas permite luchar contra ellas. Y si es necesario romper el silencio para acabar con la violencia contra las mujeres, entonces no podemos permitirnos el lujo de fingir que las mujeres negras no forman parte de esa ecuación. Después de todo, la misoginia negra es un proyecto participativo.

La abrumadora blanquitud (o, mejor dicho, no negritud) engalanada como salvadora y la supremacía masculina en las tareas de socorro ocultan la manera en que la antinegritud y la misoginia operan de manera conjunta tras los desastres. France Francois, excooperante de desarrollo internacional, me explicó cómo afecta esta perspectiva al trabajo de rescate. “Cuando se habla de género en el ámbito del desarrollo, nunca se analiza en grupos raciales o étnicos para lidiar con las dificultades específicas que tienen, dado que la mayoría de personas que trabajan en este sector son personas blancas occidentales. Simplemente asumen que ser mujer es el único o el mayor desafío al que te puedes enfrentar”. Francois argumenta que, en los cinco años que trabajó para una destacada agencia de desarrollo que realizaba labores humanitarias en Haití después del terremoto de 2010, no hubo ninguna investigación sobre las necesidades de las mujeres negras. «Incluso cuando el género formaba parte del análisis, a menudo se contemplaba a través de una visión occidental que ofrecía soluciones genéricas a unas dinámicas de género complejas, relegando a las mujeres haitianas a un papel de meras observadoras en su propia búsqueda de la igualdad».

Debes saber que te persiguen por tu divinidad. Te rechazan por tu poder.

Las formas actuales de violencia sexual y de género, como son la violencia doméstica y las agresiones sexuales, se ven exacerbadas cuando se producen desastres ecosociales, ya que según el estudio de la Cruz Roja mencionado anteriormente, muchos hombres suelen reaccionar ante estas situaciones recurriendo al alcohol y empleando el poco poder que les queda para golpear a quienes percibe como inferiores. Después de las catástrofes también se han hallado nuevas formas de violencia sexual y de género, como el matrimonio infantil donde antes no existía y el comercio sexual (realizar un acto sexual a cambio de ayuda) por personas que no se dedicaban al trabajo sexual en el pasado. En Kenia y en otros lugares, las niñas que se casan pronto tras los desastres reciben el nombre de “esposas del hambre” y el comercio sexual se convirtió en algo habitual en los campamentos de transición después del terremoto de Haití. Los medios de comunicación internacionales se hicieron eco de este último punto, agravando la dependencia robada que experimentaban estas mujeres y niñas negras. La perspectiva extranjera de estos artículos acostumbra a explotar a las víctimas para construir un relato más impactante, ya que el aumento de la difusión no parece tener ninguna repercusión en cuanto a medidas políticas ni marcos de ayuda en caso de desastres y la intención de presionar a las instituciones a cargo del cuidado de estas mujeres y niñas como pieza central de estos reportajes parece ser escasa.

Francois añade que esa ausencia de consideración de la raza por parte los grupos de ayuda en caso de desastre es una forma de ir sobre seguro en el ámbito político, y añade: “Aunque un programa esté diseñado con miras a una minoría concreta (como las mujeres sudanesas que viven en Egipto, por ejemplo), rara vez el diseño del programa aborda las barreras raciales o étnicas, evitando así ofender al gobierno anfitrión”. Por lo tanto, no es de extrañar que las mismas instituciones que explotan los desastres en su propio beneficio, como estas agencias de desarrollo ineficaces, no exijan cuentas a los gobiernos por abandonar a las mujeres negras (a su suerte) cuando necesitan ayuda urgente. Para atenuar la carga de las mujeres negras en tiempos de crisis medioambiental, las demás debemos priorizar las labores de preparación para los desastres y el trabajo de socorro socializado y comunitario, incluyendo un análisis del poder estructural. Este también es un proyecto participativo.

A principios de 2016 la coalición Movement for Black Lives (Movimiento por las Vidas Negras) abordó el racismo medioambiental en varios puntos en su plataforma, formada por seis partes y que detallando los desafíos y posibles soluciones a las que se enfrenta la población negra. En sus palabras, “las personas negras forman parte de la población más afectada por el cambio climático” y el ejército de Estados Unidos es el principal responsable de las emisiones de combustibles fósiles, lo que a su vez incide en la “falta de acceso a aire limpio” de la población negra. No es casualidad ni un despiste el hecho de que las personas obligadas a permanecer en la parte más baja de las jerarquías existentes sean quienes más pierdan cuando se producen desastres provocados por el clima, así como durante los posteriores trabajos de “reconstrucción” (léase: desalojo). Tal y como vimos con el huracán Katrina, los capitalistas del desastre han aprendido a servirse del clima como un arma contra la población desamparada para crear más oportunidades de “crecimiento”.

Somos sueños recurrentes, liberados y frescos. Somos el funeral y el baile, el aire y el polvo, el paso doble sobre una tumba, la llama y el arbusto, aún sin consumir.

Tanto la coalición del Movimiento por las Vidas Negras como el National Equity Atlas (Atlas Nacional de Equidad), entre otros, han elaborado planes para abordar estas cuestiones de racismo medioambiental a nivel comunitario y federal, y deberíamos llevarlos a cabo. Pero nosotras, que no somos mujeres negras, también debemos asumir la labor multidimensional, y normalmente interpersonal y cultural, de eliminar las cargas que les imponemos. No debemos aprovecharnos de forma pasiva del privilegio de nuestra posición, sino reinvertir ese poder para proteger a las mujeres negras. Honrar su trabajo cultural es fundamental para resistir la expropiación. Las pérdidas humanas y económicas no son lo único que está en juego: también lo están los entornos culturales que sostienen las mujeres negras en las regiones afectadas por el racismo medioambiental.

Por ejemplo, el terremoto de magnitud 7,8 que asoló una región con mayoría de población negra en Ecuador en abril de 2016 obligó a las mujeres y niñas negras a luchar por conseguir ayuda de unos organismos que ni siquiera reconocían su existencia. ¿Sabe la mayoría de cooperantes occidentales que no son negros qué es o dónde está Ecuador? ¿Son conscientes de cómo opera la misoginia durante los desastres? ¿Saben que existen los afroecuatorianos? ¿Y saben cuáles son los riesgos medioambientales y culturales a los que se enfrentan sus culturas? Apostaría a que la respuesta a todas es un “no”. Como ecuatoriana no negra sí puedo hablar de lo que he visto y es que la mayoría de las cabezas de familia de las regiones afectadas eran mujeres negras, la mayoría de los negocios locales e independientes afectados estaban gestionados directa o indirectamente por mujeres negras (ya que los hombres suelen adoptar puestos de liderazgo, pero son las mujeres quienes llevan a cabo la mayor parte del trabajo y ganan menos o nada de dinero) y las mujeres negras eran quienes menos tierras poseían. La falta de propiedad de la tierra hace que estas mujeres sean aún más vulnerables al desalojo tras el desastre, ya que las empresas promotoras intentan aprovecharse de los terrenos e inmuebles baratos.

Las comunidades que tanto dependían del trabajo de las mujeres negras se desintegraron en cuanto estas mujeres luchaban por sobrevivir, normalmente cuidando de otras personas. Un cooperante extranjero puede llegar al epicentro del terremoto y proporcionar lo que pueda allí, pero una mujer negra local le diría que, a pesar de que las comunidades con una mayor concentración de afroecuatorianos vivían más lejos, sus infraestructuras ya eran deficientes (léase: abandonadas, aplazadas) antes del terremoto, lo que agudizó los efectos del desastre sociopolítico para poder superar el impacto medioambiental inmediato. “Las personas afectadas directamente por el cambio climático, sobre todo las comunidades negras, saben cuáles son los problemas y deberían estar en primera línea”, afirma el Movimiento por las Vidas Negras en su plataforma. Las labores de preparación para el desastre, ayuda y reconstrucción no pueden quedarse en manos de los organismos excluyentes que son cómplices de los propios desastres.

Esto no significa que las mujeres negras no tengan ya un papel decisivo en el trabajo medioambiental y ante los desastres, sino que sus esfuerzos se invisibillizan con frecuencia. Por ejemplo, la difunta activista medioambiental Pam Dashiell abanderó la reconstrucción ecosostenible del barrio de Lower Ninth Ward de Nueva Orleans, Estados Unidos, como codirectora del Lower Ninth War Center for Sustainable Engagement and Development (Centro para el Desarrollo y Compromiso Sostenible de Lower Ninth Ward) antes de su fallecimiento en 2009. Jeri Hilt, excooperante humanitaria y escritora, me dijo: “A pesar de las prácticas parasitarias de la política de desastres, las mujeres negras suelen estar presentes en todas las instancias de la conversación, aprovechando todo lo que pueden para conseguir los recursos y accesos necesarios para sus comunidades». Y continuó: «Como somos excelentes en esta labor, a menudo se nos contrata para hacer lo mismo por otras comunidades que han resultado afectadas por desastres ecológicos”. Pero, ¿devuelven el favor esas comunidades?

“Hace unos años decidí vivir pensando en el legado y no en los detalles, construir para las tres generaciones futuras porque algunas batallas ya se han perdido”, escribió Hilt en su página web en 2015 sobre su regreso a Nueva Orleans después de retirarse tras el Katrina. “El trauma es la prueba de que el tiempo no es lineal y de que la destrucción también puede ser la antesala de una liberación radical. Mi abuela se me apareció en sueños y me dijo lo siguiente”. He incluido las palabras que su abuela le dijo en el sueño a lo largo de este artículo. Si vamos a realizar una labor de justicia medioambiental, las palabras y el trabajo de las mujeres negras deben ser nuestra guía. La única forma de que este trabajo prospere es despojándonos de la misoginia negra y reinvirtiendo nuestro poder en los medios de vida de las mujeres negras.

 

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